Una nueva forma de cantar viejas canciones Muchas veces es mejor parar y cambiar de ruta que empecinarse en una cuando no lleva a ninguna parte. Cambiar de horizonte más que de camino. Así que me puse manos a la obra. Dispuse sobre la mesa todo lo que llevaba en mi equipaje: un eterno estudiante de piano, un saxofonista de jazz frustrado, un oyente sibarita y compulsivo de todo tipo de música “interesante”, un cantante desmemoriado que no sabía ni una sola letra, y muy gritón, por cierto, un batería que sólo sabia tocar blues y un acordeonista “de oido” que en el fondo nunca había querido serlo. Con estos despojos se forjó el sonido que durante años buscaba sin saber ya bien por donde. Por fín encontré algo que se engarzaba con mi voz mejor que la guitarra. Era aliento, como un saxo, pero me permitía cantar. Suave como una harmónica, rítmico y muy poderoso. Por desamor había vendido ya todos los instrumentos que alguna vez me habían dado esperanza de sentirme músico de verdad. Cayeron todos, si exceptuamos la vieja quitarra acústica de la universidad castigada en una esquina… Ah, y el impresionante acordeón de mi Padre. A él le encantaba oirme pero nunca le creí lo bien que podía llegar a sonar el condenado aparato. Era consciente de que ésta era realmente mi última oportunidad para ser músico. Cogí el viejo acordeón y lo afiné. Refresqué viejas canciones de oido y empecé a jugar con él hasta que descubrí ese sonido de lengüeta grave y brillante como un saxo, a veces chillón o intenso. La verdad es que me sentí sorprendido. El sonido tan rico del acordeón me permitía jugar con mi voz, incluso rasgarla fundiéndome con alguno de sus quejidos. Era maravilloso. Empecé a buscar letras de canciones que siempre me habían gustado para cantarlas con libertad. Hay quien le llama hacer versiones. Había descubierto mi forma de cantar viejas canciones.